Entre el 28 de enero y el 12 de febrero de 1939, 500.000 españoles, civiles y militares, mujeres y niños, se agolpan en las carreteras que los conducirán hasta la frontera francesa. Es la Retirada. Es la huida de una España dividida en dos, que, después de la famosa Batalla del Ebro, deja al ejército republicano exhausto y herido tras largos y encarnizados combates. Las tropas nacionalistas del general Franco ganan terreno y comienzan la campaña en Cataluña; el 26 de enero cae Barcelona.
Así comienza la larga marcha hacia la libertad. Una marcha caótica, desesperada, agotadora. Las carreteras principales sufren los disparos enemigos y los bombardeos. Caballos destripados, heridos moribundos y cadáveres cubren el suelo. Todos avanzan apresuradamente, llevando lo poco que les queda: maletas, ropa, carretas. El hambre y el frío glacial de enero hacen aún más difícil el cruce de los Pirineos. Hundidas a veces en más de un metro de nieve, las mujeres cargan con dificultad a los niños, otras ayudan a los inválidos, algunos cantan… El flujo de quienes han dejado su país, sus familias, sus padres y madres avanza con la esperanza de divisar por fin esa frontera tan esperada… Se enfrentarán a nuevas dificultades y a nuevas humillaciones…
Todas estas personas no huían porque fueran asesinos; eran españoles con principios y valores, preocupados por la política y los problemas sociales. Huían porque no querían aceptar el sistema que iba a gobernar España y del que ya eran víctimas. No tenían armas ni alimentos y abandonaban a su familia, su hogar y su tierra por simples principios políticos en los que creían.
En Francia, esta llegada masiva de refugiados bloqueados en la frontera genera miedo. La prensa se divide rápidamente en dos bandos: «víctimas del fascismo», «combatientes de la libertad» o bien «restos del ejército rojo», «asesinos de curas». Algunos periódicos, especialmente cierta prensa local, se niegan a dejar pasar «una cohorte de criminales, violadores de monjas, escoria del pueblo, torturadores, chusma roja, turba extranjera…». Francia no se siente preparada para acoger esta inmensa ola incierta y caótica, y un gran miedo se instala en la población. El temor al desbordamiento “rojo” se vuelve más fuerte que el deseo de ayudar.
Por otro lado, los periódicos socialistas y comunistas exigen que este cortejo de «combatientes de la República» sea acogido con humanidad. El 5 de febrero de 1939 se lanza un llamamiento a la generosidad, apoyado por numerosas personalidades católicas así como escritores y filósofos como André Gide, Henri Bergson o François Mauriac. Se abre un intenso debate y el gobierno se ve obligado a abrir las fronteras.
El 31 de enero de 1939 se toma la decisión de abrir un primer campo de internamiento en Argelès-sur-Mer. Francia, totalmente desprevenida ante esta avalancha, se organiza poco a poco. Se construyen numerosos campos en toda la región: Saint-Cyprien, Le Barcarès, Agde, Rivesaltes, Le Vernet, Septfonds, Gurs, Bram, etc. La mayoría estarán vigilados por gendarmes, soldados senegaleses y spahis.
Estos campos improvisados no son más que barracones de madera construidos con prisa, sin agua corriente ni medidas de higiene. Las mujeres, los niños y los ancianos (unos 170.000) son separados de los hombres válidos y enviados a edificios abandonados o centros de acogida improvisados. Los heridos son hospitalizados, pero las estructuras se saturan rápidamente. Tampoco allí se establece ningún acompañamiento, y los heridos a veces deben caminar durante días desde Argelès hasta el hospital de Perpiñán, aunque ya venían de Barcelona o Figueras, sufriendo heridas diversas, cortando ramas para improvisar camillas, arreglando vendajes sucios con cuerda. Hambrientos, heridos y exhaustos, muchos mueren de gangrena.
Para aquellos que habían “acabado” en las playas de Argelès y Saint-Cyprien (unos 275.000), zona ya considerada palúdica, la decepción fue enorme y conocerán el horror y la miseria. Las playas, en pleno mes de febrero, están azotadas por un viento helado. Se excavan agujeros en la arena para intentar encontrar algo de calor o se queman las culatas de los fusiles para hacer fuego. Todos relatarán haber sido tratados como ganado… y un ganado molesto… porque si algunos españoles se improvisan carpinteros gracias a un comerciante de madera para construir los primeros refugios, muy pronto surge una nueva necesidad absoluta: hay que colocar postes para instalar alambre de espino y “encerrar” a esta población masiva.
Así, los campos de Argelès y Saint-Cyprien ofrecen a estos refugiados de la República hileras de alambre de espino, arena y barro. Sin mantas, los cuerpos entumecidos por el frío esperan por la mañana el “camión del pan”. Este pan se lanzaba al azar y para todos; los que podían atraparlo tenían suerte, los demás no. Después llegaban otros alimentos, pero las colas terminaban en peleas debido al hambre extrema. Y otro misterio: los animales traídos por los refugiados no siempre eran sacrificados para alimentarlos y también terminaban muriendo.
Sin embargo, la vida se organiza como puede. Algunos refugiados escapan de los guardias y salen de noche para robar chapas o piezas de coches abandonados con el fin de mejorar los refugios. Pero muy pronto la disentería, la sarna, los piojos y las pulgas se propagan. Algunos pueblos vecinos se niegan a abrir los cementerios y los muertos son enterrados en los viñedos cercanos a las playas.
Poco a poco, los departamentos se organizan, las condiciones de vida mejoran, se envían víveres, mantas y paja, pero el paisaje sigue siendo el mismo: alambre de espino y torres de vigilancia.
A este sentimiento de encierro se suma la angustia de la incertidumbre. Muchos refugiados han sido separados de sus familias. ¿Qué fue de ellos? ¿Siguen vivos? La incertidumbre sobre sus seres queridos se suma a la de su propio destino. ¿Qué será de ellos? ¿Serán apátridas para siempre? ¿Seguirá España siendo la de Franco? La angustia y la desesperación golpean duramente su moral.
Eran jóvenes y resistieron, ya que la media de edad era de 20 a 30 años. Había todo tipo de personas: notables, obreros, maestros, campesinos, artistas, artesanos, ricos, pobres, instruidos o no. Todos estaban allí por las mismas razones.
El espíritu del pueblo español es combativo y festivo en toda circunstancia. Así nace, en estos campos donde apenas existe lo básico y los derechos humanos son violados, una vida social rica y sin duda salvadora. Los profesores crean talleres de escritura para analfabetos, talleres de poesía, grupos de teatro, de música, veladas temáticas. En el campo de Barcarès hay incluso una biblioteca real, y los estudiantes imparten clases de historia, idiomas, geografía, economía, matemáticas, etc.
Surgen periódicos, algunos ilustrados con dibujos de artistas, y pese a los controles, la prensa exterior —principalmente comunista— logra entrar en los campos. En el campo de Gurs actúan tres orquestas en las “barracas de la cultura”. Una de ellas está dirigida por el director del Orfeón de Madrid, formado por doce músicos que lograron salvar sus instrumentos en la huida. Y toda esta cultura hispana, nacida de la esperanza, la ideología y las convicciones, aporta el aliento necesario para sobrevivir.
Una herida: la de haber sido obligados a abandonar su país. Historias humanas que no se olvidan, porque están contadas con la emoción de quienes sufrieron. Se basan en hechos y en un periodo concreto de la historia, pero sobre todo quiero contar las pequeñas historias de cada uno, los dolores, las dudas, las esperanzas y también las alegrías.
No puedo dejar de hablar del drama de los niños robados. Muchas mujeres republicanas vieron cómo les arrebataban a sus hijos bajo el pretexto de que los “rojos” estaban enfermos y debían ser educados por familias “intachables”.
Se estableció una red de adopciones ilegales en toda España que continuó incluso después de la muerte de Franco. En los hospitales se decía a estas mujeres que el niño había muerto y se entregaba a la familia un pequeño ataúd… vacío. Los bebés eran vendidos a precios elevados. Hoy por fin se habla de ello: miles de personas no tienen identidad ni origen. Hay miles de denuncias en investigación y familias enteras esperando saber la verdad.
He elegido hablar del exilio español porque la memoria falla y las últimas voces se apagan. Debemos aprender de la historia, pero si ya no se cuenta, ¿quién la conocerá? Realicé una pequeña encuesta entre jóvenes de unos veinte años: ninguno conocía la Retirada, ninguno sabía el papel de los españoles en la Segunda Guerra Mundial.
Existe, por supuesto, un deber de memoria, pero también una toma de conciencia. En un mundo de crisis global, ¿estamos realmente a salvo de un éxodo así? ¿Estaríamos mejor preparados que en 1939 para acoger a 500.000 refugiados? ¿Seríamos capaces de ayudarles? ¿Estaríamos dispuestos a compartir? Son preguntas que algún día debemos hacernos.
Y entonces, ¿por qué fueron olvidados? Ningún libro de historia menciona el papel de “La Nueve” ni la presencia de los españoles en la Resistencia, ni las numerosas redadas de las que fueron víctimas. Por eso hablo de la Retirada y del exilio, para que esta distorsión de la memoria no llegue al olvido. Hoy España abre sus heridas, las fosas comunes salen a la luz y las voces se reencuentran. Tuvieron que pasar 36 años después de la muerte de Franco.