A MI HERMANO
en memoria de mi familia, para que ya no queden fuegos mal apagados detrás de nosotros.
No hay familia sin historia. Las vidas de quienes nos precedieron nos atraviesan. El relato nos ayuda a reconstruir su memoria, a sacar del olvido un pasado. Para nuestra familia, el hecho que tiene una dimensión más profundamente humana es el asesinato, a los tres años, de nuestro hermano José, llamado cariñosamente Pépico.
1939 – La guerra ha terminado. Una guerra civil tiene de terrible que no termina el día del alto el fuego. Continúa en la venganza de los vencedores contra el bando de los vencidos al que pertenecíamos. El odio y la brutalidad acceden al poder, y lo íbamos a pagar muy caro. Pépico lo pagará con su inocente vida en octubre de 1940. Con el último día del mes terminará también la corta vida de nuestro hermano, pocos días después de su tercer cumpleaños.
Hasta entonces, las páginas de este drama habían permanecido en blanco, como escritas con tinta invisible en la memoria de nuestra familia. Habían sido olvidadas, dejadas de lado. No queda rastro alguno salvo su acta de defunción y la cicatriz en el corazón de quienes lo conocieron y lo amaron.
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TESTIMONIO DE MI HERMANA ROSA:
«En los últimos días de octubre de 1940, Pépico comenzó a sufrir dolores de estómago. Como la fiebre no dejaba de subir, lo llevamos al dispensario.
El médico nos pide el libro de familia para rellenar una ficha. Observa que el padre es un tal José Ocana García y pregunta a mi madre si se trata de un antiguo oficial republicano. Sin ver malicia alguna, ella responde que sí. Tras una rápida auscultación y sin una palabra de explicación, nos despide.
Durante la noche, su estado no mejora y comienza a tener dolores de cabeza. Al día siguiente volvimos al médico. Colocó a Pépico en una camita y nos pidió salir para examinarlo con tranquilidad, lo que no tranquilizó a nuestra madre. Estábamos en la sala de espera. Unos minutos después salió con Pépico en brazos. Se lo entregó a nuestra madre y, sin preocuparse por las demás personas presentes, le dijo: “tenga un hijo de rojo de menos”, y nos echó sin miramientos.
De camino a casa, nuestra madre caminaba cada vez más rápido, porque sentía que su Pépico “se le iba”. Una vez en casa comenzó a tocarlo, a acariciar su cuerpo como para reanimarlo. A mirar su rostro, que se volvía rojo. Marcas azuladas formaban un collar alrededor de su cuello. No había duda: había sido estrangulado.
Murió pocos días después de su tercer cumpleaños. Una muerte no natural ni aceptable, si es que la muerte puede serlo, asesinado por ser hijo de un oficial republicano y, por tanto, indeseable para esa casta franquista a la que pertenecía el verdugo, y que nos consideraba “vermin roja”, término usado por Franco para designar a los vencidos.
Fue enterrado envuelto únicamente en una sábana bordada con las iniciales de nuestros padres. Enterrado como si no fuera nada, fuera de la humanidad, en la fosa común n.º 3. Sin sepultura siquiera modesta, sin lugar de recogimiento, sin referencias, lo que más tarde dificultaría su localización, especialmente porque cada día se enterraban encima, de forma desordenada, cientos de fusilados republicanos.
Para nuestra madre, su hijo quedó para siempre dentro de sus entrañas, como injertado en su cuerpo por la fuerza de un acto atroz. Su rebelión era interior. No podía exteriorizarla. No había recurso alguno contra ese hombre horrible. Quien no ha vivido la peor etapa de la dictadura de Franco no puede comprender por qué nuestra madre no denunció. Denunciar habría supuesto ponernos a todos en peligro.
Esposa de un republicano buscado por estar condenado a muerte, ¿qué podía hacer contra el asesino de su hijo, que además era un miembro importante de los grupos fascistas de la ciudad? Era la época en la que los falangistas, las “camisas azules”, ejecutores de las peores tareas, podían decidir impunemente la vida y el destino de las personas consideradas indeseables, sometiéndolas a las peores atrocidades.
Por miedo a la venganza, temía formar parte de esas largas procesiones que organizaban con mujeres desnudas, con la cabeza rapada, a las que obligaban a beber aceite de ricino para que vaciaran sus cuerpos mientras eran paseadas por las calles para humillarlas una y otra vez ante curiosos o delatores. A una pesadilla se añadía otra pesadilla. Cuando el miedo, el odio y la amenaza gobiernan, paralizan, apagan las conciencias y los seres se resignan. Eso fue lo que ocurrió con nuestra madre.
Este crimen fue cometido con intención fría. Un crimen que, por su cobardía, es mil veces peor que la brutalidad de las bestias. ¿Cabe pensar que, en su interior, el autor sintiera orgullo o satisfacción por una venganza cumplida?
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CEREMONIA EN EL CEMENTERIO DE ALBACETE
En la estela una placa lleva la inscripción:
“Restos del osario anterior a las municipalidades democráticas”
PLACA EN MEMORIA DE MI HERMANO – 1937–1940
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FOTO DE LOS PARTICIPANTES
De izquierda a derecha: Alfredito nuestro primo pequeño – Rosa nuestra hermana – Enriqueta nuestra tía – Yo – José María hijo de amigos de nuestros padres – Alfredo nuestro primo hermano y Maruja su esposa.
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Jean Ocana – Aussillon (Francia) – Octubre de 2014