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Colocación de adoquín en Albacete
Hola,
En primer lugar, quiero agradecer al Sr. Gobernador de la Provincia, a las Señoras y Señores Diputados y Senadores, al Sr. Alcalde, a los miembros del Ayuntamiento en general, y a Unidos Podemos en particular. Gracias también al artista alemán Günter Demnig, creador e instalador de estas piedras conmemorativas, sin las cuales este acto no habría sido posible.
Me llamo Jean Ocana, hijo de José Ocana García. Durante la Guerra Civil española mi padre era oficial de intendencia en el Ejército Republicano. Estaba encargado de la acogida de los refugiados que huían de los frentes del norte, así como de los miles de voluntarios de las Brigadas Internacionales que llegaron a Albacete para defender los valores de la República.
Una vez terminada la guerra, fue condenado a muerte por el régimen franquista y no tuvo otra opción que exiliarse en Francia. (¿Se imaginan lo que es atravesar a pie medio país en busca de la libertad?) Tras cruzar los Pirineos fue internado inmediatamente en el campo de concentración de Argelès hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando se alistó como voluntario en el ejército francés. En junio de 1940 fue hecho prisionero por los alemanes, pasó varios meses en un Stalag en Alemania y posteriormente fue deportado al campo de exterminio de Mauthausen en Austria, hasta su liberación el 6 de mayo de 1945.
Mauthausen era un campo de tercera categoría, un campo de exterminio mediante trabajo forzado, el más aterrador. Los deportados morían de un disparo en la nuca, de una inyección de bencina en el corazón, arrojándose sobre las alambradas electrificadas, de tifus, de hambre, de frío o de agotamiento. Exhaustos tras subir varias veces al día los 186 escalones de la cantera (equivalentes a un edificio de 11 plantas) con piedras de unos 40 kilos a la espalda, bajo golpes de látigo y patadas. Para muchos, la muerte acechaba antes de que acabara el día, con la cámara de gas y el crematorio como destino final, reducidos a polvo y al olvido: la llamada Solución Final, como decía Hitler.
Las personas a las que hoy recordamos son algunos de esos 10.000 españoles que, de agosto de 1940 a mayo de 1945, fueron deportados a campos de exterminio nazis. Más de 7.000 españoles fueron exterminados, entre ellos 96 originarios de Albacete.
Por eso estas piedras honran el sacrificio de estos hombres valientes, combatientes por la libertad, que defendieron los valores de los que hoy disfrutamos, que sufrieron la guerra, el exilio y la deportación, y sobre todo el olvido, porque a la hora de dar cuenta de lo que fueron aquellos años, nadie dio a conocer al mundo el drama vivido por los deportados españoles. Solo en la memoria de los supervivientes quedaron grabados para siempre los horrores sufridos.
En cierto modo, también rendimos homenaje a sus esposas, en su mayoría condenadas, que permanecieron en pie por dignidad cuando los vencedores querían arrodillarlas; para quienes no había escapatoria, a menudo solas para criar a sus hijos frente al ostracismo, los golpes —como los sufridos por mi madre— y las violaciones.
Nunca es demasiado tarde para denunciar la complicidad del franquismo en el destino trágico de los exiliados españoles. Franco no fue un cómplice pasivo ni miró hacia otro lado. Fue el instigador que ordenó este exterminio, sellado en Berlín, según la declaración del comandante del campo de Mauthausen:
«Españoles, seguramente no habíais oído hablar de Mauthausen hasta hoy. Es el campo de los españoles, el campo de la muerte. Habéis entrado por esta puerta y todos, hasta el último, saldréis por estas chimeneas».
Con este acto rendimos un merecido homenaje a estas personas, para que no desaparezcan en las cenizas del olvido, en la indiferencia general y, como dice muy bien Günter: «Una persona solo es olvidada cuando su nombre es olvidado».
Para nosotros, los familiares, este homenaje tiene un valor incalculable después de tantos años de silencio y de humillación. En este mundo de inmediatez, de banalización absoluta de todo, de mentiras, este acto es nuestra forma de dignificar al ser humano.
Finalmente, quisiera recordar el juicio en Madrid de Julián Besteiro, presidente socialista del Congreso durante la Segunda República. Cuando el tribunal le pregunta dónde está el oro de la República, él responde:
«El oro de la República está en las paredes de los fusilados, en los cementerios y en el exilio».
Se puede decir que el oro de la República también estuvo en los campos nazis, y hoy está aquí en estas piedras; su brillo cegará la sinrazón e iluminará las conciencias.
Gracias.
ALBACETE — 2 Avenida de la Estación — 2 de abril de 2022