Nº 4617 LLEGADA A MAUTHAUSEN, CONVERTIDO EN EL Nº 48294 TRAS SUSTITUCIÓN POR UN MUERTO
Viví mi vida de deportado como un animal, sin hacerme demasiadas preguntas metafísicas, reflexionando lo menos posible, evitando los sentimientos. Constantemente al acecho, fundiéndome en la masa para evitar los golpes. Me había convertido en un ser transparente con una sola preocupación: seguir vivo, desmentir el destino que nos anunciaba el Comandante del campo cuando, con cada llegada de un convoy de prisioneros, nos decía: «Habéis entrado por esa puerta y todos saldréis por la chimenea». Al escuchar esta predicción me decía que un día la muerte me atravesaría.
Muchas veces rocé la muerte; tanto que durante un tiempo después de mi liberación me consideré, por irreal que pueda parecer, no como «un superviviente», sino como «un aparecido».
Durante 5 años viví en el frío, el hambre, el miedo, los malos tratos, la inquietud omnipresente, haciéndome cada día la pregunta: ¿POR QUÉ?
Para tener un comienzo de respuesta necesitaba aprender a conocer el sistema en el que estaba sumergido, en ese mundo sin referencia temporal, y comprenderlo para poder combatirlo.
Fueron los acontecimientos cotidianos los que me aportaban fragmentos de respuesta que, sumados unos a otros, me permitieron llegar a la conclusión de que éramos los instrumentos de una ideología que pretendía hacer admitir que existía una raza superior: la germánica.
Una raza a la que no pertenecíamos porque, para nuestros verdugos fanatizados por un adoctrinamiento que niega al adversario su condición de ser humano, éramos «subhombres».
Comprendí después que en el sistema concentracionario yo solo valía si era productivo, de modo que mi preocupación cotidiana consistía en preservar mis fuerzas para estar presente en el pase de lista de la mañana, no para producir al servicio de las SS, sino para frustrar así los planes de quienes querían esclavizarme antes de aniquilarme moralmente y, por último, físicamente.
Era también, frente a la degradación y al envilecimiento querido por las SS, la única respuesta que me llenaba de valor. Cada mañana, en la plaza del recuento, al paso del guardia que nos contaba, me decía para mis adentros:
«Criminal, aquí estoy, bien presente y en pie; Franco no pudo conmigo y tú tampoco podrás conmigo».